Apuntes de arte

La Venus del espejo de Velázquez: el desnudo y la mitología

¿Cuánto sabes sobre la pintura del s.XX?

La Venus del espejo es una de las obras más emblemáticas de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660), además de ser el único desnudo de mujer que se conserva del pintor sevillano. Actualmente puede verse en la National Gallery de Londres, donde es uno de los cuadros más celebrados por su belleza y originalidad.

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Venus del espejo, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, (1649-1651). Imagen: The National Gallery

La temática mitológica

Velázquez formó parte de la corte de Felipe IV durante más de treinta años, por lo que muchas de sus obras más conocidas, como Las Meninas (1656) o La infanta Margarita en azul (1659), son retratos de la familia real. Sin embargo, a lo largo de su carrera, el artista también pintó varias obras de temática mitológica que, como la Venus del espejo, con los que abordó toda una serie de retos relacionados con la expresividad y el estilo.

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Con Los borrachos (1629), obra que forma parte a la par de los bodegones sevillanos así como de los cuadros de temática mitológica, el pintor barroco buscó “desmitificar” a los dioses con una técnica naturalista y caravaggista. Y, a partir de finales de los años treinta, Velázquez produjo otros cuadros que serían situados entre los más originales y destacados de su tiempo, como Marte (1640) o Mercurio y Argos (1659), con los que experimentó con los límites entre cuerpo y entorno y buscó transmitir sensación de vida.

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Marte, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, (1640). Imagen: Museo del Prado

Al pintar la Venus del espejo, Velázquez continuó la tradición de desnudos de temática mitológica de la que formaron parte Tiziano y Rubens. La mitología permitió al artista entablar un diálogo con la tradición pictórica que le precedía y explorar los límites expresivos, formales y conceptuales.

El desnudo

La temática mitológica permitió a Velázquez aproximarse al desnudo. Este tema, pese a ser de gran relevancia en la concepción del arte occidental y la concepción de la belleza, era poco común en el siglo XVII a causa de la influencia que tenía la Iglesia Católica al censurar las imágenes sensuales. La posición privilegiada que tenía el artista al formar parte de la corte real le proporcionaba una libertad que no tenían otros de sus contemporáneos, por lo que su exploración del desnudo no estuvo tan condicionada por las restricciones morales de la época.

El artista pintó la Venus del espejo alrededor de 1649-1651, en su segundo viaje a Italia. En esta obra usó la temática de la Venus desnuda, popularizada por los pintores del siglo XVI como Tiziano, desde la fusión de dos comunes representaciones como son la de la diosa en su tocador, sentada en la cama, y otra reclinada en un entorno natural. Esta visión alternativa del tema por parte de Velázquez resulta en una obra de gran originalidad e impactante belleza

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Venus de Urbino, Tiziano, 1538. Imagen: Uffizi Gallery

El valor artístico de esta obra maestra de Velázquez ha sido reconocido a lo largo de los siglos y la ha convertido en un cuadro muy popular, conocido con el sobrenombre de La Venus de Rokeby, en alusión a la casa llamada Rokeby Park donde estuvo expuesto durante la mayor parte del siglo XIX.

La Venus más misteriosa

El cuadro muestra a Venus, la diosa del amor según la mitología romana, tumbada en una cama de espaldas al espectador. Su hijo Cupido, representado como es habitual como un niño alado, sostiene frente a la mujer un espejo que refleja su rostro. Completan la escena las sábanas satinadas azules y blancas y cortinas rojas sobre la pared, unos textiles que gozan de gran detalle y expresividad en sus pliegues, arrugas y reflejos.

La sinuosa belleza del cuerpo de Venus, de piel blanca y cabello castaño recogido, ocupa la centralidad de la obra no solo por la posición y el tamaño, sino por la definición y la luz que Velázquez empleó en su representación. Contrasta, así, con la figura menos definida de Cupido, que ocupa un segundo plano. 

También está borroso el reflejo del espejo, y es aquí donde la obra adquiere un punto de misterio. La cara de Venus, la personificación de la belleza femenina, no es reconocible. Al evitar el rostro de la diosa, Velázquez consigue que no sea identificable con nadie real y que sus rasgos sean completados por la imaginación del propio espectador. Además de la impactante belleza de la obra, pues, no poder ver la cara de Venus es lo que la hace tan intrigante.

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Venus del espejo, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, (1649-1651). Imagen: The National Gallery

La Venus del espejo de Velázquez ha cautivado a muchas generaciones de artistas, y ha servido de inspiración para todo tipo de obras, como novelas, documentales y todo tipo de instalaciones artísticas.

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