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La infanta Margarita en azul: la cúspide artística de Velázquez

¿Cuánto sabes sobre la pintura del s.XX?

Diego Rodríguez de Silva Velázquez (1599-1660) es uno de los pintores más célebres de la historia del arte español y universal. Vivió durante el llamado Siglo de Oro, una época de esplendor económica y cultural que dejó un importantísimo legado. 

Los retratos reales de Velázquez son parte imprescindible del Siglo de Oro. Durante los más de treinta años que formó parte de la corte del rey Felipe IV, el artista pintó algunas de las obras más relevantes del Barroco español.

La infanta Margarita en azul
La infanta Margarita en azul, Diego Rodríguez de Silva Velázquez, 1659. Imagen: Kunsthistorisches Museum

La infanta Margarita en azul (1659), obra pintada un año antes de la muerte del pintor, forma parte de la etapa más brillante de la carrera artística de Velázquez. El dominio de la luminosidad y del sintetismo en la pincelada, reflejado a la perfección en este cuadro, es la culminación de la obra del pintor sevillano.

La última etapa

En 1651, llamado por Felipe IV, Velázquez volvió de Italia a España después de una breve estancia como académico en la Academia de San Lucas de Roma. Cerraba así un periodo en el que pintó numerosos cuadros, como el Retrato de Inocencio X (1650). Una vez en Madrid, el pintor tomó el prestigioso cargo de aposentador de palacio, hecho que le obligó a reducir su actividad artística.

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Sin embargo, los cuadros que fue pintando durante esa última etapa de su vida son considerados los mejores de toda su carrera. En Italia había tenido tiempo de perfeccionar su técnica, adquiriendo un gran dominio de la luminosidad y el cromatismo, y simplificando el trazo hasta el punto que, con unas pocas pinceladas, era capaz de captar un nivel de detalle y profundidad asombrosos.

Un precedente de La infanta Margarita en azul es el cuadro Las Meninas, seguramente la obra más célebre de Velázquez y una de las más populares del Museo del Prado. Este cuadro ha sido objeto de incontables interpretaciones a lo largo de la historia por su particular composición de ingredientes clásicos, además de recibir alabanzas por el increíble sintetismo que exhibe. 

Con pocos trazos, el pintor es capaz de definir formas, volúmenes, colores y luces que transmiten una realidad y una vida que han maravillado a generaciones posteriores.

La infanta Margarita en azul
Las Meninas, Diego Rodríguez de Silva Velázquez, 1656. Imagen: Museo del Prado

Retratos de la infanta Margarita

Las Meninas y La infanta Margarita en azul comparten protagonista, pues la niña que ocupa el espacio central en el primer cuadro es la infanta que, tres años más tarde, sería retratada otra vez por el pintor en una de sus grandes obras. 

La infanta Margarita, aquí retratada con ocho años, se casó con el emperador Leopoldo I de Austria a los trece años, y el cuadro, junto con el retrato de su hermana mayor María Teresa y el de su hermano menor Felipe Próspero, fue entregado como regalo de bodas. Actualmente ambas obras son propiedad del Kunsthistorisches Museum de Viena.

Este último retrato de la infanta Margarita por parte de Velázquez representa la cúspide del estilo personal del pintor barroco. La infanta lleva puesto un impresionante vestido azul y hace el gesto de sostener la falda con sus manos.

El color y la textura del vestido exhiben una técnica magistral que, junto con la luminosidad de la tez y el pelo rubio que contrasta con el fondo, da un efecto de tridimensionalidad.

Esta técnica se ha considerado precursora del impresionismo por la capacidad sintética del trazo del pintor para dar un efecto de profundidad y vida a la obra. 

Artistas como Édouard Manet se inspiraron siglos después en la técnica de Velázquez para desarrollar su estilo pictórico, evidenciando así la importancia del legado del pintor sevillano en la historia del arte universal.

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